Paco Colmenares
Hay un momento en la vida en que el paso del tiempo deja de ser una abstracción. Un día, sin aviso, notamos que ya no corren como antes, que su mirada se vuelve más serena, o que prefieren observar desde su rincón en lugar de perseguir su juguete. No siempre se trata de enfermedad o dolor: a veces es simplemente el cuerpo que se ralentiza, los sentidos que se aquietan, la naturaleza haciendo su trabajo con una delicadeza que solo los humanos, temerosos del final, solemos interrumpir.
Envejecer junto a un animal de familia es una experiencia profundamente humana. Nos obliga a mirar de frente algo que rara vez queremos aceptar: el tiempo pasa para ambos. Ellos, que vivieron para acompañarnos, comienzan a necesitar que nosotros aprendamos a acompañarlos. Y ese cambio de roles —tan silencioso, tan íntimo— es una de las transiciones más importantes que cualquier tutor puede vivir.
A veces creemos que amarlos es hacer todo lo posible para mantenerlos con nosotros. Pero amar, realmente, también es saber reconocer cuándo ha llegado el momento de acompañarlos a descansar. No porque los hayamos dejado de querer, sino precisamente porque los queremos demasiado como para permitirles seguir sufriendo sin sentido.
La despedida, cuando se hace desde el amor, no es una rendición: es un acto de generosidad.
Esas palabras nacen de la necesidad de hablar con calma y claridad sobre el final de la vida de nuestros animales de familia, sin miedo y sin eufemismos, pero también sin dramatismo. Porque la muerte no es un castigo ni un fracaso: es parte del ciclo que todos compartimos. Y cuando la enfrentamos con compasión y preparación, el dolor puede transformarse en algo distinto: en gratitud.
Pero antes de hablar de decisiones difíciles, necesitamos mirar la vida. Porque lo más importante no es el día en que se van, sino todo lo que compartimos antes de que eso ocurra. A veces, los últimos meses o años pueden ser los más hermosos si aprendemos a vivirlos con consciencia: cocinarles su comida favorita, disfrutar las tardes juntos, dejar que el tiempo se acomode a su ritmo. La vejez no tiene por qué ser una tragedia. Puede ser una etapa llena de ternura y conexión, si nos atrevemos a verla así.
La única manera de reducir el dolor de la despedida es vivir intensamente el presente. Mirarlos, escucharlos, agradecerles cada día. Llegará un momento en que la pregunta —¿cuándo será el momento adecuado?— deje de ser una duda y se convierta en una certeza tranquila. No hay reloj que lo marque, pero sí señales que nos hacen reconocerlo: la pérdida de interés, la fatiga persistente, el dolor que ya no cede. Y sobre todo, esa mirada que nos dice, sin palabras, que están listos para descansar.
Acompañar su final no significa dejarlos solos: significa estar ahí, sostener su mirada y agradecerles por todo lo que fueron. No es un acto de tristeza, sino de amor maduro.
La muerte es parte de la vida. Y cuando llega, el amor no termina; solo cambia de forma.






