Paco Colmenares
Después de casi dos décadas de hablar de animales en México, ya no nos hacemos las mismas preguntas. Sí, queremos saber cuántos perros y gatos encuentran una familia, pero también estamos profundizando en lo que necesitamos hacer para que esa familia y ese animal puedan construir una vida juntos. Esa es una de las transformaciones más importantes de la adopción responsable: pasar de buscar hogares a construir las condiciones para que la convivencia funcione.
Cuando comencé a hablar de animales, en 2007, la conversación era muy distinta.
No es que no existieran personas rescatando animales, por supuesto que existían. Había albergues, grupos de voluntarios, organizaciones protectoras y personas que llevaban años dedicando tiempo y dinero a perros y gatos que habían terminado en la calle, pero esa conversación ocurría, en buena medida, dentro de un círculo relativamente pequeño.
Digámoslo así de claro: la adopción era un tema de los rescatistas.
Mientras tanto, en la publicidad, en las portadas, en los empaques y en buena parte de la comunicación relacionada con perros, el imaginario dominante seguía siendo otro: el perro de raza, perfectamente presentado, como representación de lo que debía ser un animal de compañía.
Por eso, la aparición de Pedigree Adóptame en 2008 fue significativa. No es que antes nadie hablara de adopción, ni que esa marca haya inventado el rescate, mucho menos implica que después de eso todos los problemas de abandono hayan desaparecido.
Fue significativa porque una marca de consumo masivo decidió colocar la adopción dentro de una conversación que hasta entonces tenía una presencia mucho más limitada en la industria.
El programa comenzó en septiembre de 2008 y originalmente contemplaba apoyar a albergues con alimento, capacitación y acciones destinadas a promover la adopción. Dieciocho años después, es difícil seguir pensando en aquello solamente como una campaña publicitaria.
Por supuesto que sigue existiendo una marca detrás. Y sería ingenuo decir lo contrario: una empresa tiene objetivos comerciales y de reputación.
Pero incluso a nivel de mercadotecnia e industria vale la pena preguntarnos: ¿qué ocurre para que una empresa mantenga durante casi dos décadas una inversión alrededor de una causa y esa inversión termine generando también infraestructura, conocimiento, alianzas y conversación pública?
Hoy, el propio programa reporta más de 80 mil perros y gatos que han encontrado hogar y más de 6,650 toneladas de alimento donadas. A lo largo de estas dos décadas, muchos periodistas e informadores hemos sido invitados a albergues y eventos en donde se pueden conocer estas acciones. Aun así, creo que el cambio más interesante no se mide solamente en toneladas de alimento ni en animales adoptados.
Está en algo menos visible: hoy sabemos más del tema.
Ya no solamente hablamos de adoptar
Durante el evento al que fuimos invitados, Mars presentó Guiando el camino, un estudio realizado con más de 26 mil personas en 14 mercados para identificar barreras y facilitadores de la adopción responsable. Los resultados son interesantes porque muestran que muchas de las barreras están relacionadas con una palabra muy sencilla: incertidumbre.
¿Qué antecedentes médicos tiene? ¿Cómo será su comportamiento? ¿Será compatible con mi casa? ¿Voy a saber qué hacer?
Son preguntas que me obligan a cuestionar: ¿acaso no son las mismas que deberían hacerse quienes compran? ¿Por qué en esos casos parece no haber tantas dudas?
A nivel global, 33% de quienes consideran adoptar menciona la incertidumbre sobre el historial médico; 27% tiene dudas sobre el comportamiento y 25% sobre la compatibilidad con las condiciones del hogar. En México, 32% considera fundamental preparar correctamente su casa antes de recibir a un animal.
Eso parece decir algo bastante importante y que podría ser de mucha utilidad para quienes crean estrategias para adopciones: la gente no necesita que le expliquemos que adoptar es bueno. Muchas personas necesitan sentir que son suficientemente capaces para hacerlo y que podrán hacerlo bien.
Esa mañana, una de las grandes expertas del área, la Dra. Claudia Edwards, planteó la importancia de acompañar no solamente al animal, sino también a la persona que adopta.
Acompañar a la persona que adopta. Sí, revisemos que el perro y el gato se adapten, pero además acompañemos a la persona en el camino.
Eso me resulta una revelación mayúscula porque, aceptémoslo, rescatistas: es lo que usualmente menos nos importa. Estamos tan preocupados por preguntar y revisar que el perro o gato que nos costó rescatar sea feliz y esté seguro, que se nos olvida que para eso la persona necesita sentirse así: feliz y segura.
Lo dejamos como si fuera automático o como si les hiciéramos un favor al darles un animal en adopción, cuando quizá acabamos de encontrar un nuevo aliado en la lucha por sacar animales de la calle, pero lo vamos a abandonar al día siguiente.
Si hablamos de adopción responsable, el acompañamiento no puede terminar cuando el animal cruza la puerta de su nuevo hogar. También necesitamos ofrecer información, herramientas y orientación para afrontar las dificultades que pueden surgir durante la adaptación.

Un nuevo hogar también implica aprender
Necesitamos recordar que un cachorro no es una personalidad terminada, y mucho menos lo es un animal que llega con una historia previa.
En un gato adulto, por ejemplo, algunas características de comportamiento pueden ser más fáciles de conocer que en un cachorro cuya personalidad todavía está desarrollándose; en los perros ocurre algo parecido.
Pero tampoco un perro o gato adulto es un animal que ya dejó de aprender. Puede seguir aprendiendo durante toda su vida y, en algunos casos, incluso puede llegar con ventajas: quizá ya conoce ciertas rutinas, sabe dónde hacer sus necesidades o tiene algunos comportamientos básicos aprendidos, como nos explicó la Dra. Edwards.
Luego, Paula Trejo, gerente de Credibilidad de Mars Pet Nutrition México, puso sobre la mesa otra dimensión: un animal que ha vivido en situación de calle puede haber pasado por periodos de incertidumbre, hambre, enfermedad y estrés.
La alimentación adecuada permite atender una necesidad básica y, al mismo tiempo, establecer algo que puede parecer muy sencillo, pero que para un animal rescatado puede ser enorme: una rutina.
El sonido del alimento en un plato. ¿Habías pensado cómo el caer de las croquetas en el plato se vuelve una señal más efectiva para ellos que su propio nombre?
La persona que lo sirve, la hora en la que ocurre, la repetición, la previsibilidad.
Cuando el animal empieza a saber que habrá alimento y que sus necesidades básicas están cubiertas, se abren posibilidades para trabajar en otros aspectos de su rehabilitación.
La nutrición, entonces, deja de ser únicamente “darle de comer”.
Forma parte de un cuidado integral que también incluye atención veterinaria, actividad física, comportamiento y bienestar. Sin duda, es el primer paso y quizá el más importante. Si el animal no está tranquilo porque no tiene la seguridad de recibir alimento, será difícil avanzar en otros aspectos.
Piénsalo así: el perro o gato estaba en la calle, después llegó a un albergue y ahora está en una casa con personas que no conoce. Quizá a ti te suena a que debería sentirse aliviado, pero durante un buen rato cada cambio implica otra vez incertidumbre. Necesita tiempo para entender ese nuevo mundo.
Por eso vale la pena cuestionar, desde el punto de vista del perro y el gato: ¿qué significa rescatar? ¿Qué significa ser rescatado?

“Ellos no escogieron que tú los rescataras”
Greta Kolarik, directora y co fundadora de Presencia Animal, lleva años viviendo esta respuesta desde el otro lado: desde el lado del albergue.
Ella me planteó esta máxima que se convirtió en una pregunta: “Ellos no escogieron que tú los rescataras”.
Es una frase sencilla, pero contiene una enorme responsabilidad. Claro, tú te sentías un ángel luminoso llegando a su vida, pero ¿él te vio así? ¿Cuánto se tardó? Ahora logra que vea así a su adoptante de nuevo.
Presencia Animal mantiene una población de alrededor de 35 animales y una proporción importante son adultos mayores, muchos de ellos animales que llegaron más jóvenes y envejecieron en el propio albergue.
Son precisamente los animales que con frecuencia encuentran más dificultades para ser adoptados: perros medianos o grandes, perros negros o cafés, mestizos, adultos y viejos. Animales que quizá no corresponden al imaginario de lo que algunas personas consideran bonito o deseable.
Pero es por todo esto que el objetivo de una organización responsable no debería ser sacar animales a cualquier costo.
Una adopción debe ser compatible y mutua.
La adopción responsable requiere preparación, información, disposición para asumir gastos y cambios en la rutina. También debe existir la posibilidad de que, si algo no funciona, la persona tenga a quién recurrir.
Greta también recordó algo importante: no todas las personas pueden adoptar, pero eso no significa que no puedan formar parte de la solución.
Se puede apadrinar, donar, apoyar una esterilización, adoptar virtualmente, ayudar temporalmente, difundir responsablemente y, sí, adoptar cuando las condiciones personales lo permiten.

¿Qué ha cambiado en estos 18 años?
No podemos decir que el problema esté resuelto. No lo está.
Siguen existiendo animales abandonados, los albergues siguen saturados, siguen existiendo personas que rescatan más animales de los que pueden atender y persisten problemas de educación, esterilización, recursos y políticas públicas.
Pero sí hay algo que cambió: la conversación es mucho más grande y más compleja.
Ya no hablamos solamente de “salvar perritos”. Hablamos de nutrición, medicina veterinaria, comportamiento, compatibilidad, bienestar, esterilización, preparación, permanencia y responsabilidad.
Y, sobre todo, empezamos a tener datos para hacer preguntas mejores.
En México, el estudio de Mars encontró que 56% de las personas encuestadas dice haber adoptado en un albergue. Pero no necesitamos convertir esos números en una celebración automática. Necesitamos preguntarnos: ¿qué nos dicen?
El 32% considera fundamental preparar su casa antes de recibir a un animal. Eso significa que ya hay un porcentaje de personas para quienes la pregunta, después de tantos años, no es solamente “¿por qué la gente no adopta?”, sino “¿qué necesitan las personas para poder adoptar bien?”.
Esa es una pregunta mucho más útil.
Si sabemos que la adopción responsable no consiste simplemente en darle una casa a un animal, sino en construir las condiciones para que dos individuos puedan convertirse en familia, ahora necesitamos decirles a quienes adoptan que vamos a acompañarlos hasta lograrlo y que existen herramientas para alcanzar esa estabilidad.
Sí, para mí esa es una de las cosas que más han cambiado en estos casi 20 años: ya no queremos solamente que los animales encuentren una familia. Queremos aprender a hacer que esa familia funcione.
Y valga este reportaje como inicio de mi año de celebración, por 20 años de necio dedicado a informar sobre animales y familias.
Seguiremos informando.







