El perro Caramelo no es una raza: el significado detrás del símbolo mexicano

best.friends.mx_best.friends_mejores.amigos.juntos_caramelo_estado.de.mexico_perro.mexicano_raza.mexicana_el.caramelo.es.raza.mexicana 2
Paco Colmenares

El perro Caramelo no es una raza. Sin embargo, la reciente decisión de la Procuraduría de Protección al Ambiente del Estado de México de nombrarlo simbólicamente como una “raza mexicana” abrió una conversación que va mucho más allá de lo técnico y que toca aspectos culturales, sociales y éticos profundamente arraigados en nuestra relación con los perros.

A ver, claro: los que esgrimimos una sonrisa por ello, no nos engañamos a nivel técnico, sabemos que desde la zootecnia eso no se sostiene, porque no es un estándar, no hay trazabilidad genética, no hay programa de selección. Pero es que la decisión tiene una potencia que va mucho más allá de lo técnico.

El perro “Caramelo” no necesita SER una raza para decir algo importante, lo que necesita es SER VISTO, y en ese gesto, puede suceder algo más profundo: podemos ver a México, a través de su perro más común.

El Caramelo es ese perro que no sale en las exposiciones, que no tiene pedigree, que no fue comprado. Es el que habitaba antes sólo en la calle, algunos patios y azoteas, llenaba los refugios. Es, en muchos sentidos, tanto positivos como negativos, el perro más mexicano de todos.

Cultura Mexicana

Nombrarlo, reconocerlo, incluso elevarlo simbólicamente al nivel del Xoloitzcuintle o del Chihuahueño, no es un acto técnico, es un acto cultural. Es una forma de decirnos con urgencia que lo que siempre ignoramos, también importa, y eso, en un país donde millones de perros viven en el abandono o en condiciones precarias, no es menor.

Pero hay una ironía incómoda y necesaria, porque si el Caramelo puede ser “raza” sin serlo, entonces la pregunta es inevitable: ¿Qué tan esencial era la idea de raza en primer lugar?

Durante décadas, el discurso dominante nos dijo que el valor de un perro estaba en su pureza, en su linaje, en su función: cazar, pastorear, guardar, competir. Pero hoy, en la práctica cotidiana pocos perros cazan, pocos pastorean y pocos cumplen funciones zootécnicas reales. Y antes que de te enojes con datos anecdóticos porque “tú conoces a varios que…”, sí, pero en porcentaje a los que existen, son pocos, poquísimos.

La mayoría de los suertudos, los que tienen una vida de justo privilegio, duerme en salas, acompaña rutinas humanas y construye vínculos emocionales. Los menos afortunados, están ahí, en un rincón de la calle, el patio, la azotea o el taller, haciendo nada, como si la decepción e irresponsabilidad de sus humanos fuera su culpa.

best.friends.mx_best.friends_mejores.amigos.juntos_caramelo_estado.de.mexico_perro.mexicano_raza.mexicana_el.caramelo.es.raza.mexicana 1
¿Y al final las razas importan?

Entonces, ¿qué estamos comprando cuando compramos una raza? Y más aún: ¿por qué seguimos produciendo perros como si esas funciones fueran indispensables?

El Caramelo resulta una crítica silenciosa al mercado, y eso es lo que molesta, porque sin decirlo explícitamente, pone en evidencia que el mercado de la crianza la inmensa mayoría de las veces responde más al deseo humano que a una necesidad real.

Porque si el perro que más abunda —el mestizo— puede ser símbolo nacional, entonces la jerarquía entre “perro de raza” y “perro común” se tambalea. Es el perro que nadie planeó, pero que termina representándonos mejor que todos los que sí fueron planeados, por sobreviviente, como la mayoría de los mexicanos que poco pueden planear su futuro con certeza.

El riesgo

Es cierto, no todo es celebración. Hay un punto donde esta narrativa puede volverse peligrosa, porque el Caramelo no solo es símbolo, también es consecuencia.

La existencia o el desarrollo natural del Caramelo es consecuencia del abandono, la reproducción sin control y la ausencia de políticas públicas efectivas, por eso es importante que usemos este símbolo para dignificar al perro mestizo, sin normalizar que viva en la calle.

Podemos convertirlo en un ícono que puede sensibilizar, sí, pero también podría suavizar la urgencia del problema, y México no necesita solo símbolos, necesita soluciones.

El valor no está en la raza. Está en el individuo.

Quizá lo más valioso de todo este momento es que nos obliga a regresar a lo esencial: un perro no vale por su genética, ni por su estándar, ni por su función. Vale por lo que es en sí mismo, por su capacidad de vínculo y por su presencia en una vida humana.

Si, como parece, cada vez entendemos mejor eso, entonces la conversación cambia por completo: no se trata de qué perro es mejor, se trata de cómo estamos eligiendo convivir con ellos.

Porque… ¿y si mañana todos los perros fueran “Caramelo”? Si no existieran razas, ni criaderos, ni estándares… ¿realmente perderíamos algo esencial? ¿o simplemente perderíamos una narrativa que ya no corresponde a la forma en que vivimos con ellos?

El Caramelo no vino a redefinir la zootecnia, vino a incomodarla, y en esa incomodidad, quizás, hay una oportunidad: la de dejar de preocuparnos por clasificar tanto… y empezar, por fin, a responsabilizarnos más.

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *