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Cuando un integrante de la familia muere, la ausencia transforma la vida cotidiana. Para los perros y gatos que compartían su hogar con esa persona, también desaparecen rutinas, sonidos, interacciones y olores que formaban parte de su mundo. En Puerto Real, Cádiz, una iniciativa busca reconocer esta realidad: el Protocolo Haru permite que los animales puedan acceder de manera controlada a instalaciones funerarias para tener un último contacto con su tutor fallecido.
La iniciativa fue puesta en marcha en 2025 por el Ayuntamiento de Puerto Real y el Cementerio Mancomunado Bahía de Cádiz (CEMABASA), con el objetivo de incorporar el bienestar animal a un momento que tradicionalmente se ha pensado únicamente desde las necesidades humanas. En mayo de 2026, el Ayuntamiento informó que el protocolo ya estaba funcionando y que se habían realizado las primeras despedidas.
¿Qué es el Protocolo Haru?
El Protocolo Haru establece las condiciones para que los animales puedan entrar al tanatorio o cementerio de manera segura y respetuosa después de la muerte de su tutor. El acceso no es libre: el perro o gato debe estar acompañado por una persona responsable y bajo la supervisión del personal de la entidad.
La despedida se realiza en un espacio privado y durante un tiempo limitado, procurando reducir estímulos innecesarios y mantener la solemnidad del momento. De acuerdo con CEMABASA, la intención es ofrecer a las familias una alternativa que considere también a los animales que formaban parte de su entorno.
No se trata, por tanto, de permitir que los animales circulen por las instalaciones funerarias ni de convertir el ritual humano en una experiencia obligatoria para ellos. Es una posibilidad que la familia puede solicitar y que se desarrolla bajo condiciones determinadas.
El Ayuntamiento de Puerto Real presentó la iniciativa como una medida pionera en España vinculada con el bienestar animal y con el reconocimiento del vínculo afectivo entre las personas y los animales con quienes conviven.
¿Por qué podría ser importante una despedida?
Para un perro o un gato, la muerte de un integrante de la familia significa la desaparición repentina de alguien que formaba parte de su ambiente cotidiano. El animal no recibe una explicación verbal sobre lo sucedido y puede encontrarse, de un momento a otro, con cambios importantes en sus rutinas.
La investigación científica ha documentado modificaciones conductuales en animales después de perder a un individuo con el que mantenían un vínculo estrecho. En un estudio publicado en Scientific Reports, investigadores analizaron las respuestas reportadas por 426 personas que convivían con al menos dos perros y habían perdido a uno de ellos. Los tutores describieron cambios en actividades como comer, dormir y jugar, además de modificaciones relacionadas con miedo y búsqueda de atención.
La intensidad de algunas de estas respuestas estuvo relacionada con la calidad de la relación que existía entre los animales. Los resultados no permiten afirmar que los perros experimenten el duelo exactamente como lo hacemos los seres humanos, pero sí muestran que la pérdida de un compañero puede modificar su comportamiento.
Esta distinción es importante. Hablar de duelo animal no significa asumir que un perro o un gato comprende la muerte con los mismos conceptos que una persona. Significa reconocer que una pérdida puede tener consecuencias observables en su conducta y en su bienestar.

¿Despedirse ayuda realmente a los animales?
Aquí es donde conviene separar la intención del protocolo de lo que la evidencia científica puede demostrar.
El Protocolo Haru parte de la idea de que permitir un último contacto podría ayudar al animal a asimilar la ausencia y evitar que la desaparición repentina de su tutor sea interpretada como abandono. Así lo explican las instituciones responsables de la iniciativa.
Sin embargo, a la publicación de esta nota, no existe evidencia suficiente para afirmar que permitir que un perro o un gato vea el cuerpo de una persona fallecida haga que necesariamente comprenda que ha muerto o que reduzca el duelo posterior.
De hecho, investigaciones sobre la respuesta de los animales ante la muerte de un compañero muestran que todavía existen muchas preguntas abiertas. Un estudio publicado en Animals analizó si la posibilidad de observar el cuerpo de un compañero fallecido producía diferencias posteriores en el comportamiento. Aunque la mayoría de los animales que tuvieron acceso al cuerpo lo investigaron, los investigadores no encontraron diferencias significativas en los cambios conductuales posteriores entre quienes tuvieron ese acceso y quienes no.
Esto no invalida la iniciativa. Más bien invita a entenderla en sus propios términos: como una opción de despedida, no como una intervención terapéutica cuya eficacia esté demostrada.
El bienestar del animal debe estar primero
Que un perro o gato tenga la posibilidad de entrar a un tanatorio o cementerio no significa que todos los animales deban hacerlo.
Cada individuo responde de manera diferente a los ambientes, las personas, los olores y las situaciones nuevas. Un animal muy sensible, con miedo intenso o con determinadas condiciones de salud podría vivir una visita de este tipo como una experiencia estresante.
Por eso, una decisión responsable debería considerar su temperamento, estado de salud, relación con el lugar y capacidad para tolerar el traslado y la situación. También es importante que exista una persona capaz de reconocer señales de miedo, estrés o incomodidad y que pueda retirar al animal si es necesario.
El propósito no debería ser cumplir con un ritual humano a cualquier costo. Si se contempla una despedida, debe hacerse pensando primero en el bienestar del perro o gato.
¿Qué podemos aprender en México?
El caso de Puerto Real plantea una conversación que también puede ser relevante para las familias mexicanas.
En México, perros y gatos forman parte de numerosos hogares y, para muchas familias, su lugar no se limita al de animales que viven dentro de una casa: son integrantes de la vida cotidiana, acompañan rutinas y establecen vínculos estrechos con las personas.
Cuando uno de los integrantes humanos muere, la familia enfrenta una reorganización que también puede afectar al animal. Cambian los horarios, las personas disponibles, los espacios de la casa y las rutinas de alimentación, paseos o descanso.
Aunque en nuestro país todavía no exista un protocolo equivalente ampliamente establecido en instalaciones funerarias, sí podemos incorporar una idea fundamental: el bienestar del animal no debería desaparecer de nuestras decisiones cuando ocurre una emergencia, una hospitalización o una muerte en la familia.
Esto también significa anticiparnos. Tener identificada a una persona de confianza que pueda hacerse cargo del perro o gato, conocer sus rutinas, mantener sus medicamentos y alimentación, y prever qué ocurriría con él o ella ante una ausencia definitiva puede evitar una situación de desprotección.
Una despedida que abre una conversación más amplia
El Protocolo Haru no resuelve todas las preguntas sobre cómo viven los animales la pérdida de un ser querido. Tampoco demuestra que una despedida sea necesaria para todos los perros y gatos.
Su importancia está quizá en otro lugar: reconoce que cuando una persona muere, la historia no termina únicamente para quienes pueden comprender lo ocurrido mediante palabras. También cambia la vida de los animales que dependían de esa persona, compartían su espacio y habían construido un vínculo con ella.
La propuesta de Puerto Real pone sobre la mesa una pregunta que puede trascender los tanatorios y los cementerios: ¿qué hacemos para proteger a los animales cuando la vida de su familia cambia de manera inesperada?
En ese sentido, el valor del Protocolo Haru no está solamente en permitir un último encuentro. También está en recordarnos que cuidar a un perro o un gato como parte de la familia implica pensar en su bienestar incluso en los momentos más difíciles.







